En aquel tiempo yo no era más que un niño. Mis días transcurrían tranquilos, corría descalzo por el jardín, jugaba con autitos plásticos y atrapaba mariposas. Sobre todo, atrapaba mariposas. Pero no se piense que en la casa del campo habían sólo mariposas, por el contrario, había gran variedad de insectos y animalejos: había saltamontes, cucarachas, conejos, perros, gatos, monstruos de debajo de la cama, polillas, sanjuanes y caracoles. Muchísimos caracoles.
Es que mi tío criaba caracoles, incluso, ocurría que a veces no sólo los criaba y trataba como hijos, sino que también se los comía. Pero los caracoles no se dejaban vencer tan fácilmente, quizás perdían en velocidad pero, si en algo ganaban, era en cantidad. Estaban en todos los rincones, y si mirabas las ventanas desde un ángulo específico y con la luz indicada, podías notar su recorrido pegajoso y entrar en cuenta de que no sólo estaban en los rincones, sino que en todas las paredes, ventanas, puertas, camas, en el jardín, en la cocina, en la terraza... Siempre dejando la evidencia vadosa de su paso lento e imperioso.
Nos mirábamos con un caracol, nuestros ojos salientes se encontraban, estúpidos, intertes. Mi tío hablaba con mi madre en la mesa, más bien, discutían. Mi tío estaba desesperado, pues a casa no llegaba la línea telefónica y hacía dos meses que no llegaban cartas. Luego de palpar su coraza con el índice, lo miré a los ojos y noté cierto dejo de complicidad en su mirada. Hacía tiempo que cada vez que el tío abría la tapa del buzón no hallaba nada. Quizás moho en las esquinas y mugre y suciedad, pero, a sus ojos adultos, si no había nada de su importancia, no había nada. Y, tal como un caracol camina lento, muy lento, pasaban los meses en la casa del campo. No habían noticias de nadie. Se escuchaba pasar al cartero en las mañanas, pero en casa nadie despertaba a las 6 de la madrugada. ¿Para qué? Y en el mediodía, con la misma infantil esperanza de todos los días y con ojos somnolientos, el tío abría la tapa del buzón. Nada.
En la casa se sentía esa paz de entreguerras. Las amapolas, la vainilla, el ocaso y los cojines bordados. La comodidad de la rutina y el olor a lejanía y desolación. Mi madre tejía y mi tío alimentaba a sus caracoles. Yo corría por el jardín y atrapaba mariposas.
Cuento corto: Hace un año que envío cartas a la casa del campo sin recibir respuesta, y recién hoy por la mañana recibí una carta húmeda, pegajosa y mordisqueada por todos lados. Aún no logro entender lo que dice. Ahora me dirijo al campo, espero que aún esté la casa. Los caracoles no comen lata, así que por lo menos estará el buzón. Vacío de cartas y lleno de caracoles.