los vasos vacíos
miraba los vasos vacíos con cara de pocos amigos. y es que, efectivamente, amigos ya no abundaban . en la mesa había una botella descorchada y a medio tomar, su olor a vinagre inundaba la estancia casi por completo y aquel mequetrefe estaba impregnado de su pestilencia. su nariz roja, como si no hubiesen pruebas suficientes, delataba su evidente borrachera. la misma borrachera de todos los días y de todas las noches. la que lo acompañaba en su soledad y lo abandonaba en una soledad más profunda aún. miraba fijo, meditabundo y perdido, como si nada ocurriese a su alrededor o como si acabase de tirar la toalla en el frívolo combate contra la realidad. no había nada que perder ni nada que ganar. sus días se debatían entre la ebriedad y la resaca. y esta noche volvía a las copas. como todas las noches. como si fuera un ritual para que los dioses vinieran, de una vez por todas, a robarle el último trago, a tomarse el concho miserable de la botella que fue su vida.


