menú para dos
se sorprendió al ver semejante olla sobre aquella cocinilla a gas, él, siempre atento, inmediatamente se encontraba dando explicaciones con tono grandilocuente y, por supuesto, toda la cátedra sazonada con un puñado de palabras francesas de dudosa procedencia y minuciosos movimientos de manos. cuando ella ya tenía los ojos brillantes y la cara roja por el vapor que salía a bocanadas de la marmita, él comenzaba su festival de olores y sabores extravagantes, ella estaba nerviosa, su madre nunca la había advertido de la cantidad de especias que podían introducirse en una misma comida, nunca había siquiera mencionado los condimentos que este tipo esparcía por el agua hirviendo como quien riega el patio trasero. él era, además de muy gentil y un deslumbrante chef improvisado, sofisticado, su ropa, perfectamente descuidada, le daba un look casual e interesante, era intelectual pero no era denso, amaba el buen diseño y, después de un par de copas de vino añejo, era simplemente encantador. pero lo mejor de todo era que sabía cocinar, y lo hacía mejor que tú, y frente a tus ojos. un poco de esto, un poco de esto otro, decía tranquilo, demostrando seguridad y experticia. el vapor sacaba brillo a sus ojos. ¡qué mezcla de perfumes exhalaba la desproporcionada cacerola! jengibre, ajo, zapallo, cebolla, orégano, bailaban en un carnaval de aromas y colores que giraba sobre sus cabezas y por todos los rincones del estilizado departamento. tablas con queso de todos los colores y sabores solidificaba el festival que bailaba en sus narices, cuando él la mira fija y bruscamente, ansioso, con ojos brillantes y no precisamente por el vapor, la miró como mira un gato a un ratón antes de abalanzarse sobre él y despedazarlo con un solo zarpazo. ahora sólo faltaba la carne.


